Desde hace ya algunos meses, cuando amanece, me quedo observando la red que la antigua propietaria dejó puesta en la terraza. Su única función es no dejar entrar a las palomas. Las veo agitar sus alas es esa dirección, ilusas y confiadas, y al percatarse voltean el rumbo de su vuelo para posarse en espacios más amables.
Me parece curioso, y a la vez entendible, que las palomas hayan sido siempre mejor vistas que las ratas en la cultura popular. No obstante, yo soy más afín al subsuelo, a las historias que se urden en el interior de las alcantarillas, a los pasadizos que no se sabe a dónde llegan, a los oscuros y fétidos recovecos de las cloacas. Si tengo que elegir un medio de transporte, sin duda, elijo el metro.
Lo más seguro es que esta, digamos, singularidad se debe a que desde que tengo uso de razón me he considerado como un tipo de persona que se arrastra por la vida. Un ser despreciable. Ha habido épocas en las que incluso me he considerado como un monstruo. Como escribió en su día Osamu Dazai: “Indigno de ser humano”.
Odio los espejos, aborrezco mi reflejo en ellos, y no recuerdo que mi mente me haya otorgado algún rescoldo de amor propio.
No, ella no, despiadada y cruel soberana, jamás me ha permitido atisbar algún lejano horizonte de sosiego, alguna ínfima esperanza de paz. Ingrata…
Desearía creer que no es tan tirana, pero me engañaría.
Últimamente mi hijo me pregunta de forma recurrente por qué me cuesta sonreír. Ya se da cuenta, y yo no sé qué contestarle. Guardo silencio, o le contesto con evasivas, cambio de tema y le digo que soy una persona seria. Hay ocasiones en que le miento, le digo que cada uno es feliz a su manera, que mi alegría no se siente porque va por dentro…
Atardece, él juega en el parque con otros niños, sonríe. ¿Lo hice yo de forma sincera alguna vez? Deseo con todas mis fuerzas que no se parezca a mí, anhelo que no tenga una mente como la mía. Imagino que eso, quizá en el futuro, me hiciera feliz.
Anochece, se va apagando el sol. Mañana volverá a estar la red en mi terraza, y mis alas seguirán atrapadas en ella, tristes y exhaustas.
Mi hijo, su risa, esa es la esperanza.
Escrito el 23/08/2026
(Para mi hijo, con la esperanza de que no pierda nunca su alegría, por la felicidad que nos da…)








