EL REFLEJO DE UN ESPEJO VENECIANO.

Había pasado una semana desde aquel inesperado encuentro. En ese transcurrir de nubes, de aguas turbias que preludian un invierno hostil, un invierno que muestra su rencor a la luz, a la alegría cálida de la primavera, a la ilusión de la juventud. Un eterno aspirante al olvido de tan sólo saber juntar letras, cayó en un profundo abismo, el del lamento y su tormento, el que se refleja como un estigma en el alma, el que muestra una sonrisa en un rostro falso, un rostro que no es ante sí mismo traicionero.

El descreimiento de su valía inundaba todas las estancias de su conciencia y de su casa, escribía en su cuarto en silencio, al amparo de una simple bombilla, encima de una cama vacía, en donde ya nunca se sueña, tan sólo se duerme, a la espera del alba y su frío, a la espera del tedio, el estupor y el propio sinsentido.

En siete días comprendió lo que hace tiempo sabía. Releyó en su pensamiento a todos sus maestros, y después, con alguno de sus propios textos en las manos, quizá los más notables, los que estaban escritos de su puño y letra, creados por su creatividad un tanto indolente, descubrió, gracias a un golpe cruel, lo iluso e insensato que había sido.

De este modo, hace tres noches enfermó, exhausta se encontraba su mente, su cuerpo ardía de dolor. Pensó en renunciar, en no volver a coger una pluma, en quitarse su máscara y reflejar lo que en realidad es, alguien mediocre y sin futuro, colega errante de los vagabundos, un animal que muere por dentro, que huele a podrido, una persona que odia mirarse en cualquier espejo.

En la primera noche postrado, alentado por los cuidados de la única mujer que le soporta, que le otorga su amor ante la incredulidad de su persona. Él, bestia e inmundicia, basura que siente rencor a esta vida, perpetua tristeza, a menudo hombre de lágrima fácil y verborrea sin el conocimiento debido, quiso romperlo todo, hacer añicos el papel en dónde estuviera su tinta, lo malgastado del tiempo, para así evadirse de su frustración, del tremendo desconsuelo de sentir que no tiene talento.

El siguiente amanecer le observó sin hacer nada la noche, y al día que apareció después, sin maletas, sin cargas ni reproches, realizó un viaje para ver a su sobrina, para contemplar en sus ojos el mundo por delante, para poder extasiarse con lo grácil, lo puro, y lo más bello de sus movimientos.

Mas retornó al hogar al llegar el ocaso, a la soledad de un plato de sopa en la mesa, a la pobreza del desalmado, y empapó con lágrimas el pan y su pena.

Sin embargo, hoy le visitó su padre, y una alegría melancólica inundó su existencia, montados en un autobús el progenitor y su hijo eran uno. Pero de nuevo, al separarse en ese andén sin lluvia, el que es más joven sintió angustia, vio a esa figura anciana subirse a ese tren, ese que nunca espera, el que jamás sabe si volverá a ver otra vez.

Y reflexionó, deseó dormir, escapar de la desilusión, pero decidió leer, dos historias, dos cuentos, un par de relatos de alguien que conoció la semana anterior. El primero le pareció brillante, el segundo fue una revelación.

Espejos venecianos, con el autor finlandés Kainen, su teatro incomprendido, el beso arrebatado, la locura de un dramaturgo, la pasión de contar a un público ausente, a unas butacas vacías, es lo que le salvó ante lo que era la destrucción de su humilde obra, y de lo que más le ilusiona en esta vida.

De este modo, el eterno aspirante del olvido de sólo saber juntar letras, decidió con recobrada valentía y tesón el escribir, aunque sea un loco que lo hace para una sala vacía, para una persona sorda y ciega, a pesar de que sus textos no salgan nunca de un cajón.

Y soñó al llegar lentamente la oscuridad, mas seguirán sus interminables dudas, eso es algo que siempre acompañará a este aspirante, es algo que siente y sentirá aunque pasen los años, es algo que irá junto a él como esa pluma que se muestra incesante.

Escrito el 10/11/2014.

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