EN OCASIONES TE OIGO.

A veces oigo a mi padre trabajar en el cuarto de al lado.

Estoy medio dormido y escucho el sonido de sus pasos, entre sus dedos la masa y la paleta, los movimientos cada vez más torpes, y su espíritu aferrándose a una ilusión, a un nuevo quehacer, sosteniendose en aquello que desde niño le enseñaron, nunca he visto en otro hombre encontrar en ello tanto placer.

Por momentos, a solas, pienso en la rigidez de mi educación, en todos aquellos instantes duros, en cómo de alguien que quizá era demasiado débil él consiguió extraer lo mejor. Y aquí estoy yo, sin haberle oído pronunciar nunca un te quiero, teniendo aún en el paladar el sabor de su ausencia, pero sintiendo nuestro amor mutuo, el que sólo se forjó con respeto.

Sin mi padre no tendría ni vida, ni personalidad, ni esta historia. A ratos soy él, puedo notar sus mismos defectos en mi persona.

Ahora estudio y trabajo, tengo un lugar propio en este mundo, un sitio que se aleja del que es su hogar, y nostálgico me pregunto, si sentirá como yo hice tiempo atrás, la falta de mi respiración en estos últimos años tan usual.

A veces escucho desde mi cama a mi padre trabajar, y por mi mente transcurren aquellas lecciones que de sus actos y palabras aprendí, miro las arrugas de sus manos en las mías, y en silencio siento cómo el tacto de su sangre caliente acaricia mis venas.

Padre, en ocasiones te oigo en mi pecho. Habitas eternamente en él.

(A MI PADRE)

Escrito el 30/10/2014.
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