PERDONAD, PUES ME HALLABA PERDIDO.

Me levanto de nuestra cama como cada mañana, pienso si besarte en la frente, pero las prisas y el no querer perturbar tu sueño contiene este impulso, lo que es mi deseo.

Más tarde caeré en la cuenta del error cometido ya demasiadas veces, comprenderé las muchas ocasiones en que te hubiera merecido perder.

Salgo del piso que compartimos, vestido con mi traje caro, los zapatos bien lustrados, gomina en el pelo y algo de oro en mis dudosos dedos, esos que no saben si debieran volver a tocarte.

Cojo un taxi sin ganas, se adentra en las calles llenas de polución y ruido de un Madrid siempre desconocido, de aquella vorágine sin vida, de esos habitantes que en su mayoría se han olvidado de lo que es un latir puro, uno que sea sensible y honesto.

Miro el reloj de mi muñeca, ese cuyas agujas van demasiado deprisa. Me espera un gran inversor, una posibilidad de ascenso, un nuevo triunfo, el fracaso del que fue en el pasado mi sentimiento un tanto bohemio.

Papeles de cifras y estadísticas, sudor en mis manos, nerviosismo en el pecho, se acrecenta la velocidad de mi palpito, el coche se encuentra parado, noto en mi mente un intenso colapso, algo oscuro y triste, y me deshago el nudo de esta corbata que aprieta, pues necesito respirar aire limpio, escapar de este estado de agobio, de tremenda confusión, este estado de desespero y de ausencia.

Abro la puerta y vomito en el gris asfalto, pitidos truenan a mi alrededor, las piernas que dan pasos con torpeza, y mi cuerpo que se tambalea, que se siente cansado, que se rinde ante la presión, que se postra al darse cuenta de su desilusión.

Me siento en un banco cercano, observo a mi lado como un niño y una niña juegan con un simple palo, y los puedo ver felices, no precisan para disfrutar más que su imaginación y el tenerse unidos ambos.

Suena mi teléfono, ese que posee una capacidad y unas aplicaciones que no necesito, y me quedo mirándolo, no descuelgo, al poco rato silencio, oportunidad que se aleja, falsa victoria que ya no me espera.

Me introduzco en el metro, un indigente se acerca pidiendo, yo le doy el noble metal de mis dedos, pues comprendí lo pobre que me hacía, pues llevaba algo cuyo único valor es el artificial, el que le otorgó el mercado, comprendiendo que lo que vale más, lo que merece realmente la pena, es el amor hacia las personas, el cuidar de ese tesoro que son los más allegados tuyos.

De retorno a nuestro hogar, te hallo aún en el lecho, me quito aquel traje que no es más que un disfraz, y te beso en los labios sintiendote ahora muy adentro.

Abres los ojos, contemplo tu mirada, que se sorprende, y en tu rostro se dibuja una sonrisa, abriendo hacia mi tus brazos, los que desde ese momento me abrigan.

Me abrazas y acaricias, y yo, desgraciado de mi, te doy las gracias por no haberte ido.

Me he encontrado de nuevo, y sé que al estar perdido corrí el riesgo de olvidar ese amor que siento por los míos, intentaré que no se repita, aprenderé de la lección que me dio esta vida.

Escrito el 25/10/2014.

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