MOMENTOS DE CIERTA RABIA Y ALIVIO

Ella recorría los vagones de aquel Metro con su andar patizambo, su obesidad la arrastraba no sin un gran y penoso esfuerzo, la ropa la llevaba sucia, raída y con un olor semejante al que seguro tiene el sulfuro hirviendo en el infierno.

Su piel era de color negro, su rostro ni feo ni muy bello, su mirada la tenía perdida, y la voz que salía de sus labios pedía únicamente alimento o dinero.

Pronunciaba palabras prohibidas, nombres tabú en cualquier pensamiento, el de una enfermedad poco conocida, que es atrayente sólo en la pantalla del cine, siendo sin embargo después en la cruda realidad marginada, para muchos merecedora del mayor de los desprecios, y para otros de una compasión poco efectiva y demasiado idealizada.

Yo conozco muy bien aquellos procesos, los episodios y la oscuridad de su abismo, por eso la puedo llegar a entender, porque en parte yo también llevo el mal que muestra ella por dentro.

Reconocí esa mirada, la que observa sin ver auténticamente, y la saliva que caía por la comisura de aquellos inseguros labios.

Entonces me dominó aquella sensación a muerte, la que se siente en ocasiones dentro de esta vida, en la que el último adiós se descubre a veces como tu única salvación o victoria, y saboreé en mis carnes aquel indeseado rechazo, el de la mayoría de aquellos necios pasajeros, que rehuían su presencia, que sin darse cuenta le clavaban un puñal en la espalda, despedazando ese corazón enfermo, al igual que hacían lo propio con la sensibilidad que posee el mío. Por esto ruego si existe Dios, aún siendo consciente de mi osadía, que venga aquí abajo y me explique el porqué de aquella injusticia.

Pasó a mi lado y noté cómo la rabia y la vergüenza se apoderaban de mí. Vergüenza porque no supe qué decirle, rabia hacia mi mismo por no hallar el modo de explicarle que siempre existe alguna temporada de descanso de aquella pesadilla, que es posible mejorar, también que es peor que la gente conozca de ella esa palabra, pues nadie la quiere escuchar a su vera, queriéndote mantener fuera de lo que es su ciega existencia.

Mas mi boca calló, mi cuerpo se esfumó de aquél tren con alivio, mis pasos resonaron por otros pasillos, aunque mi alma permaneció en aquél melancólico vagón, pues su respiración y el latir de su pecho eran también en parte los míos.

Ella sé y comprendo que no era ni es un despojo, tampoco alguien no válido para una sociedad que de por sí no tiene ningún sentido, sólo necesita como tantos otros una mano que se le tienda amiga, una ilusión que le de impulso, lo que hoy no supe y a lo mejor hice bien en no proporcionarle.

Ya que todos alguna vez necesitamos cierta ayuda, la necesaria en cada momento, no la que únicamente está condicionada por la empatía o por la caridad, y lo que sé y vi es que ella era y es ante todo un ser digno de respeto, alguien que únicamente precisa que le arreglen las alas, para así poder por sí misma ser libre de aquella carga que ostenta, e intentar iniciar después con tesón y valentía el camino que la guíe hacia su propia felicidad.

Escrito el 17/10/2014.

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