CARTA SINCERA A DIOS.

Dios, que algunos te llaman con obstinación Yahvé o Jehová, y que otros te nombran Señor, pero que a mi me enseñaron a decirte con humildad Padre, puesto que si tu eres el creador, así como al que me dio la vida no le llamo como es por los demás conocido, a ti, si me lo permites, te continuaré llamando como aprendí, es decir, Padre.

A ti te quiero preguntar algo a lo que sólo tú, y quizá mi conciencia, podrían responder. Y es que por ti ya no siento lo que en mi interior sentía, perdí aquello que se suele llamar fe, y que algunos disfrazan con su fanatismo.

Mas sigo aposentando mis dudas, siendo la principal de ellas, si es cierto que una fe que tiene dudas, significa que es una fe aún viva, como me expresó benévolo en el pasado, un sacerdote amigo mío.

Otra es si tiene más valor el alabarte y tener una creencia ciega en ti, aún ocultando en el pecho hacia el prójimo no muy buenos sentimientos, o si para ti, Padre, cuentan más los actos de bondad, la dedicación al hermano, y el servicio respetuoso y abnegado a la sociedad, ya que si en lo primero mencionado se halla para ti como para muchos la virtud, discúlpame si hay en mi osadía, pero sin meditarlo reniego de ella.

Comprobé que en bastantes personas que conforman las instituciones que proclaman tu gloria sobraba hipocresía, en ellas vi mucho rezo y poco hecho, grandes valores expresados en favor de intereses oscuros, pero comprendo y sé que no es culpa tuya, sino que la culpa es tan sólo de nosotros, los necios e inconscientes hombres.

De niño fui educado para la búsqueda de la verdad, y no sé si en ti ella se halla, pero si así fuera, sería a ti a quien busca mi alma.

Reflexiono en la ceguera del fanático, que por definición nunca podrá ver la realidad de la esencia, diciéndote si existes que creo en tus valores, los que inculcó al ser humano Cristo, pero me niego a creer en la perfección, y si mi mente discierne que en algo alguien se equivoca, se lo expresaría guardando la debida prudencia, porque ni pretendo presumir de sabio, ni puedo saber a dónde a cada cual le llevó su historia.

Por esto dime Padre, si es que no me convierto a cualquiera de las que llaman la auténtica religión, aunque siga tus pasos en mis actos, si por no sentir la fe que ellos reclaman, por ello estaré por ti eternamente condenado. Ya que si en la hora de mi adiós a este mundo se diese el mencionado caso, sin desearlo llamaría también hipócrita al Señor, que dejaría en ese instante de ser llamado por mi palabra Padre.

Porque me enseñaron a buscar la verdad, a ella siempre intento apelar, y hallarla es mi anhelo.

Aunque siéndote del todo sincero, quiero que ella seas tú, tengas el nombre que tengas, ese será hasta que te encuentre mi más preciado deseo.

(Trabajo de desarrollo de una idea para el IVCH)

Escrito el 18/02/2014.

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