EL ÚLTIMO MOMENTO FELIZ.

Fue el día que estuvo junto a ella. Su ser más preciado. Con la que hablaba otro idioma. El del sentimiento. El del corazón. Acabando por ser falso.

Allí se les veía. Sentados una tarde de verano en un parque. Él intentaba traducirle un poema que había realizado para ella. Mientras. Las golondrinas correteaban por el aire. El sol descendía lentamente. El transcurrir del segundero se tornó cruel. Ajeno al momento. Las ramas de los árboles se agitaban levemente. La tenue brisa acariciaba sus rostros. Que reflejaban un brillo especial. Una alegría plena. Estaban ahí. El uno y el otro. Allí se les veía. Sentados en un parque. Sin sospechar que las creencias de ella ponían un muro entre ambos.

El la invitó a cenar. En un instante en que sólo ellos existían. Nadie más. Ella en los ojos de él. Él en los ojos de ella. Compartieron comida y risas. Alguna confidencia. Y se atrevió a prometerla que siempre estaría a su lado. Que nunca la abandonaría. Y esto hizo que diese un vuelco su temeroso pecho. Ella comenzó a sentir algo verdaderamente fuerte. Un torbellino de pasión. Algo llamado amor.

Después él tenía que marchar. Volver a su hogar. La oscuridad ahora dominaba el cielo. Pero ella no se lo permitía. No quería que se acabara aquel instante. Tan real. Tan mágico.

Accedió a esperar el último tren. Puesto que tampoco quería alejarse. Se sentaron en distinto lugar. Otro parque. Mismo mutuo latir. Con la sombra de la creencia de ella acechándoles. Vigilante.

Ella aposentó la cabeza en su hombro. Él supo entonces el significado de la palabra felicidad. Llegando la hora de la despedida. El tren del adiós.

Desde que vio su figura alejarse. Perderse en aquel sombrío andén. Un intenso miedo se apoderó de ella. Uno atroz. El del temor a Dios. Que robó su imaginaria felicidad. Comenzando así a ocultar su amor.

Empezó a darle evasivas. A no sincerarse. Él no lo entendió. Y su latir alegre se tornó en oscuridad. La misma que les cubría en la noche aquella en la que casi alcanzó con sus dedos la belleza. Convirtiéndose todo en tristeza creciente.

Lo último que supo de ella es que se refugió en su Dios. Excluyendo así todo lo demás. Abandonando el mutuo sentir, por el diferente pensar. Envolviéndole a él en un perpetuo dolor. En una eterna desconfianza.

Lo que sabemos de él, es que se centró en su escritura. Que el transitar de su tiempo fue gris. Manteniendo en su mente la falsa visión de aquel ángel. Aquel corazón traidor. Y sintiendo su cabeza apoyada en su hombro. Pensando en lo que pudo ser. Lo que no fue. Con un último hálito en el ocaso de su vida la felicidad recordó.

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