ESE AUTOBÚS DE COLOR VERDE

Pido perdón primero a esta hoja de papel

y a los que les gustaría verme intervenir.

A aquellos que aprecian mi parecer,

y a los que más me quieren,

pero lo que ocurre es que cada vez aumenta el cansancio en mi.

Llevo días así de lacónico,

de ojeroso,

de apesadumbrado.

Será porque mi amor se va,

se larga a donde no lo puedo ver,

aunque lo sienta dentro de mi ser,

a pesar de hallarse en lo profundo de mi alma.

Quizá sea también porque de un tiempo hasta aquí

me siento mucho más viejo ,

noto como me hastía este mundo,

hasta el punto de querer romper mi relación con todo lo que signifique aire libre,

y aquello que pudiera funcionar como espejo.

Porque desde hace varios atardeceres me encuentro solo,

a pesar de que las calles se encuentran repletas,

a pesar del ruido de la muchedumbre,

de estar constantemente con amigos,

de pasar la noche contigo,

pues me acaricia sin cesar la inmensidad de un lamento.

Sin más te digo que siento un frío que cala,

una tristeza que devora mi voluntad a cada segundo que pasa,

y me encuentro en un estado que está desprotegido del mal

que le produce su dolor,

mas a esta hora en que se oculta el sol,

sé que nada importa,

pues jamás idénticas lágrimas

logran caer en la misma fosa.

Me siento ante la lumbre en soledad,

escuchando el silencio,

y quisiera huir y quedarme,

desearía gritar y callar,

ya que tendría que saber volar sin arrastrarme.

Pero mis sentimientos no entienden de nada que no sea dualidad.

Esta es la locura de este joven que se cree sensato,

de este soñador que es únicamente pensamiento y carne que envejece,

mi existencia comprendo ahora que es un delito permanente,

hoy me sentí desgraciado,

vi alejarse a mis padres ya ancianos

en un autobús color verde.

Y entiendo que nada puedo hacer,

que únicamente me queda el intento humano de ser feliz,

pero sin más que decir,

sin más que poder expresar,

esta tarde estoy triste.

Me encierro en la habitación que aún compartimos

totalmente solo,

y una lágrima surca mi rostro,

escucho emocionado nuestra bella balada,

y descubro a ese vil ladrón

que quisiera apagar nuestro fuego sin lograrlo.

Te pido perdón papel por contarte estas cosas,

sé que llevo días sin leer ningún mensaje,

no atiendo a las llamadas porque no tengo ganas,

ni me vuelvo si por casualidad alguien pronuncia mi nombre.

Lloro y pienso:

para qué discutir, para qué dialogar,

si insignificante sé que soy,

si insignificantes os veo a vosotros.

Y entiendo que ya no quedan escusas para cambiar,

que es necesario coger la guadaña para trabajar,

y matar así mi pasado,

haciendo más que ayer,

contemplando menos de lo que estoy acostumbrado.

Mas no quiero llevar siempre la razón,

que si alguien me tiene que juzgar,

que solo lo haga el que se encuentra allí en el Cielo

en lo más alto.

Pues mi corazón tiene en sus cimientos una enfermedad,

la alegría son los momentos que hurto a mi desilusión,

quiero destruir aquello que soy,

ya que deseo empezar a edificar con esperanza y junto a ti,

una nueva vida y su libertad.

Escrito el 17/06/2015

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