UN MUNDO ATRÁS.

Me encuentro cansado. Después de haber realizado el examen de álgebra lo único que me apetece es desconectar, y la mejor manera para mí es ir a ver varias películas en la programación de sesión continua del cine que está al lado de la bajada de las ramblas, cerca de la plaza España.

En mi bolsillo están las tres perras chicas que gané repartiendo periódicos, y me siento el rey de esta Cartagena que me ve caminar entre risueño y esperanzado. Sé que paseo por la ciudad que me ve crecer, y todo en ella es como un sueño, mitad real y mitad fantasía, como un paisaje bucólico de un atardecer otoñal.

Las palmeras parecen vigilarme, cuidar mi andar un tanto patoso, y el olor del mar llega del puerto, sabiendo muy bien que él devoró a seis ciudades, seis culturas que se hallan enterradas bajo el suelo que a esta hora piso.

En ocasiones como la de ahora me cuestiono la vida. Me pregunto el por qué voy adelantado en los estudios con respecto a los chicos de mi misma edad, el por qué de que mis padres y profesores me exijan más que a cualquier otro compañero o hermano, y el por qué tiene que aparecer el sol y con él la angustia, por qué tiene que venir Morfeo a rescatarme en cada ocaso.

Sin darme cuenta ya me hallo en la sala del cine, sus butacas de tapicería de color rojo empiezan a ocuparse lentamente, huele a limonada y a regaliz, las luces se apagan. Mientras tanto, en la blanca pantalla de enfrente se reproduce una cuenta atrás, y mi corazón se acelera despacio.

De súbito noto una mano en mi espalda, pero todo se me antoja un poco difuso, distingo la silueta de un hombre con sombrero de copa y una capa sobre los hombros, y entre sus dedos descubro el resplandor de una navaja.

Hace un gesto invitándome a seguirle en lo que se me antoja una invitación obligatoria, me guía hasta la calle, pero desaparece de mi vista al torcer la primera esquina. Hay de repente mucha gente, un viento hostil, una lluvia que no cesa, y yo, confuso entre tanta multitud, veo a un niño más pequeño que yo que llora, allí, en un rincón, abandonado a su suerte y aterido por el frío.

Escucho un estruendo y tuerzo la mirada, un vehículo se ha salido de la carretera. En la escena, dos niñas muertas junto a su madre y dos más que sobrevivieron. Una decía no ver a la vez que mantenía sus brazos extendidos en busca de algún tipo de consuelo, y la otra, la más pequeña de las cinco, permanecía allí de pie, paralizada y callada por el miedo, con la mirada fija en el cadáver de aquella mujer a la que ya no podría abrazar nunca más en la noche.

Ante todo aquel sinsentido caigo rendido, temblando por el pánico, cuando de pronto noto unos dedos en mi espalda y sobresaltado me giro, entreabriendo los ojos, creyendo ver a mi padre que se halla al lado de un hombre con gorra y linterna, y mientras todo eso sucede, yo aún vagando en otro mundo muy distinto, en un lugar demasiado alejado como para poder decir nada.

Oigo sus palabras de gratitud, y otras de no se preocupe, no es más que un buen zagal que se quedó dormido sin darse cuenta después de haber cerrado el cine, y siento al momento como unos brazos me elevan y me atraen hacia sí, descendiendo al siguiente instante para introducirme suavemente en mi cama.

Extrañamente noto calor, amanece por la ventana, aún tengo en la frente la húmeda y cálida sensación que me provocaron una caricia y un beso, y escucho el tintineo de una cucharilla contra una taza, exhalando a continuación ese olor a café característico de cada mañana.

Él se ha levantado, mi héroe de ayer y de siempre, al que sólo yo conozco, ese que se llama y es mi padre.

(Escrito en Memoria de mi abuelo Francisco al que no tuve el honor de conocer pues murió antes de que yo naciera, y dedicado a mi padre, que una noche se durmió en un cine y fue rescatado por la que probablemente fue la persona que más le influyó, y una de las que sé que él más ha querido en su vida).

Escrito el 20/04/2015

 

 

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