EL TRINAR DE LOS GORRIONES.

Cuatro paredes eran en este momento como una vida entera, tabiques de un sabor agrio aguardaban con impaciencia, por una ventana lateral se vislumbraba la frondosidad de unos árboles, sus ramas estaban repletas de pájaros que se encontraban ajenos a tanta solemnidad, a tanto misterio, pues no comprendían las palabras que brotaban de aquellos labios, los de esa mujer que estaba vestida de blanco, que albergaba la información de la ilusión o del desconsuelo.

La que hablaba lo hacia con tono grave y un ritmo pausado, los que escuchaban con suma atención eran dos, una pareja que cogía con fuerza un sentimiento entre sus manos, que se hallaba envuelto en sudor, que se encontraba en la boca de su estómago. No querían dejarle escapar, para que así siguiese sangrando en el pecho de ambos, siendo el amor verdadero el mencionado sentimiento, lo que sentían más que nunca en ese momento.

Después de una breve introducción a modo de saludo, un nudo con la explicación de la enfermedad y de sus efectos, llegó el desenlace de la que era una segunda y definitiva opinión.

Mientras que la primera parecía cercenar su existencia condenándola pronto al olvido, a no volver a oler jamás los pétalos de ninguna rosa, a no sentir nunca más el roce del mar en su ombligo, ésta les dio un soplo de esperanza, un ánimo renovado de lucha, un resquicio por donde huir de la muerte, viendo cómo una puerta que amenazaba con cerrarse por completo, tenía quizá una abertura por la que poder observar el sol, por la que poder notar en una nueva mañana en el rostro la brisa.

Salieron juntos a la calle ese día repleta de luz, dieron unos pasos y ella giró su cabeza, no pudo ver entonces lo que únicamente era un hospital, sorprendiéndose al contemplar un edificio de fe ante sí, no uno de desolación, enfermedad o sufrimiento, más bien un lugar donde sanar el cuerpo, uno en dónde en ocasiones este amargo y cruel mundo te guía a una posible salvación, y te da la opción de proyectar más instantes, de sentir más momentos intensos.

Se sentaron en un banco de madera al frescor de unos álamos, la sombra cobijaba su inmensa alegría, se miraron frente a frente con lágrimas en los ojos, y se abrazaron sin soltarse.

Mientras, los gorriones que eran testigos trinaban, elevaban su canto hacia el cielo, en el pensamiento de los amantes el ataúd se cerraba, ellos aún no se encontraban dentro.

Hacia un horizonte incierto caminan, uno en el que hay puestas ilusión y esperanza, uno en el que todavía hay mucha vida, uno en el que una bella melodía todavía algún pájaro entona.

(Dedicado a mi madre y a todos aquellos enfermos de Cáncer).

Escrito el 07/06/2014

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