LA ESCAPADA.

En una recóndita localidad andaluza de la provincia de Jaén, entre floreadas sendas y misteriosas laderas, llegan a un hotel pintoresco de fachada antigua, poseedor de una sala de recepción acogedora y unas habitaciones que no están exentas de cierto lujo. Siendo allí recibidas con afectuosos gestos de amabilidad, en el principio de un fin de semana que se les antojaba pleno de libertad, carente de toda carga.

Ellas, las seis, las cuatro hermanas y sus dos cuñadas, decidieron hacer un breve paréntesis, una escapada de sus preocupaciones cotidianas, las del día a día, con el pretexto bien fundado de una celebración, perpetrada a modo de sorpresa para una de ellas, pero necesaria y necesitada por todas y cada una. Por el reciente tiempo que se les había mostrado cruel, y que pretenden que en este lugar sea olvidado.  Cogiendo un renovado respiro, una bocanada profunda, para afrontar la temporada que viene, la que discurrirá hacia un nuevo camino, que todas esperan y desean que les sea más amable, a su tránsito menos hostil.

Viviendo este momento con alegría, saboreando cada instante presente. Sintiendo la exaltación que crece en sus corazones a cada segundo. Entre copas de dulce y jovial vino de Azpilicueta, manteniendo charlas recurrentes que al anochecer se tornan en sinceras confidencias. Consiguiendo hallar así un dormir sereno, un sueño profundo, lleno de bellas evocaciones que moldean el pasado, el cual se les representa en la mente como algo alegre, produciéndoles de esta forma una sensación de tremenda nostalgia.

Al amanecer, la mayoría continúa durmiendo, sólo dos se levantan al alba, dándole los buenos días a ese sol rojizo que empieza a invadir los valles. Acariciando con sus rayos las flores, que a modo de respuesta, le abrían sus pétalos ofreciéndole sus dulces y hermosos encantos.

Ambas se fueron a dar un paseo, y a su regreso se encontraron a todas levantadas, acicalándose para ir a tomar el desayuno y para la extenuante jornada de senderismo que les esperaba.

Al rato ya estaban caminando entre montañas, observando unos arroyos que  hacían que resbalasen sus aguas a través de pequeñas precipitaciones, deslizándose por la piedra, corrompiéndola, en constante y voluntariosa lentitud. Diminutas mariposas pululaban de un lado para otro, ajetreadas ante la certeza de su corta vida. La frondosa fauna, los escarpados exabruptos del terreno, eran contemplados por unos ojos ahora diáfanos, carentes de la desidia que produce lo cotidiano. Pensando únicamente en el paso siguiente, en el nuevo paisaje que les será revelado a cada recoveco del camino. Dejando al pasado de lado, manteniéndolo en un pasajero olvido.

Descansaron al atardecer, y cuando la luna empezaba a mostrarse briosa, montaron en un tren renqueante, que traqueteaba dudoso por unos finos railes, los cuales les conducían a otro diferente paraje, en cuyo seno se auspiciaban tranquilos los ciervos, y saltarines los gamos, y donde también se hallaban a su paso Jabalíes, o ¨coshinos¨, como los denominaba el rudo guía a su manera un tanto tosca.

Llegando así al culmen de su dicha en el regreso, subiendo al mismo tren, las mismas seis mujeres, las cuales se sentían en completa armonía­. Unidas por un aprecio sin astas, que en estos dos días se había sorprendentemente arraigado fuerte en sus entrañas. No pudiendo después de inmediato acudir a los brazos de Morfeo, saboreando aún esta noche que se les antojaba plena de libertad, carente de toda carga.

Mas siempre traicionera, llegó la cruenta mañana, y con ella el día de regreso de aquel pequeño y placentero ensueño. Rumbo a una realidad que no obstante será diferente, porque algo ha cambiado en sus miradas, algo se transformó dentro de sus pechos, que ahora laten intensamente en la lucha diaria, esa que a todos nos acomete.

Siendo para ellas aquella escapada un recuerdo de bienestar, que eternamente será recurrente.

ESCRITO EL 09/10/2013

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