LA VISITA.

Llegamos por sendas del sur a la Sierra de Aitana. En concreto al pueblo de Guadalest, con su vetusta piedra e imponente paisaje, y con el solitario campanario que se alzaba entre la escarpada roca.

Ascendimos por la empinada cuesta que conducía a la plaza principal, haciendo instantáneas con la cámara que integra el teléfono móvil. Yo los observaba evocando escenas del pasado, momentos en reuniones navideñas, en donde nos encontrábamos todos juntos, los que se fueron ya de este mundo, y los ausentes, los cuales se hallaban en otras urbes castellanas y castizas.

Aquí estaban tres de mis tíos, dos tías y un primo. Me invitaron a conocer aquel frondoso paraje cuyo verdor contrastaba con el desértico clima alicantino, asemejándose así a un elemento discordante que sin embargo no distorsionaba este sitio siempre luminoso de la Costa Blanca. Lugar de eterno verano y de deseada tranquilidad.

El agua del pantano era de un color verde turquesa casi irreal, y permanecía estática entre los montes de aquella Serranía.

Visitamos el castillo, poseedor de unas escaleras que parecían no acabar nunca, alcanzando a través de ellas la cima de un torreón que se encontraba cercano a un cielo diáfano y azul, con un sol radiante, cuyos rayos doraban y hacían fértil este bello lugar.

Descendimos y nos metimos en el vehículo, yendo por una carretera sinuosa hasta el restaurante de l’Obrer, en cuya estancia saboreamos un suculento y sabroso cordero, rodeados de gente amable, entre un ambiente lleno de risas y alegría.

Después fuimos al pueblo de Benifato, cuya localidad se hallaba en fiestas. Por sus calles había tenderetes repletos de objetos artesanales hechos por las propias manos de los lugareños. De fachada a fachada se extendían coloridos toldos que nos protegían del sofocante calor. Uno de mis tíos compró la cebolla más grande que hasta ahora han contemplado mis ojos, terminando tomando algo de beber en una pintoresca taberna.

Regresando al final en el ocaso por el mismo valle, después de un agradable día familiar, cuyo recuerdo encontraré en un recoveco de mi ajado corazón, en el mismo instante en que la añoranza atrape mi alma. Y cuyo pensamiento retornará con sentimiento alegre a este sitio de perenne brillo, que se denomina Alicante, y en la que en aquella noche estrellada reposó mi cuerpo agradecido y completamente satisfecho. Consumiéndome así la dicha de aquellos hermosos días que me acompañarán hasta mi muerte.

Dedicado a mi familia alicantina.

Escrito el 28/09/2013.

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