LA PINTURA DE PARÍS.

Se hallaba apoyado en el borde de la mesa  de su despacho, en sus manos una hoja vacía de contenido, que al mismo tiempo le atraía y le producía una tremenda angustia.

Parecía que hoy las musas le habían abandonado de nuevo, dejándolo a su suerte, y en su interior como en tantas otras veces presintió que jamás volverían, invadiéndole la melancolía, sin saber si podría volver a escribir.

La pluma cerrada a su lado, y en el exterior de aquella habitación hacía un día soleado, que le invitaba a salir, a pasear por el monte cercano, a olvidarse del mundo perdiéndose por aquellos pinares. Necesitaba buscar la soledad, el sosiego preciso para poder pensar, puesto que su vida últimamente iba demasiado deprisa.

Su mente estaba excesivamente activa, y le pedía a voces un descanso, uno que nunca llegaba, que se escapaba a favor de su imaginación siempre activa, que si no se mantenía atenta a algo, podía arriesgarse a la dispersión, a la tristeza, para terminar recluyéndose en la cama con Morfeo, con el deseo de escapar de una vez por todas de esta vida.

Desesperado, loco entre sus libros como don Quijote, igual de lúcido y soñador, rasga la hoja y su blancura por la mitad, repitiendo la escena hasta que queda hecha un puñado de añicos, dejándolos a continuación resbalarse entre sus dedos, esparciendo aquellas virutas blancas por toda la habitación.

Estaba como demente, por no saber que más contar, por haber llegado a desnudarse por completo ante los demás.

En ese instante plantó la mirada en uno de sus cuadros, el que compró hace unos años en París, consolándose con su belleza, una que no pudo crear él.

Se maravilla por su suave tonalidad, por la maestría utilizada en la combinación del color, y abstraído observa como aquella luz sale del lienzo para penetrar en sus ojos, mezclándose en ese momento con la sangre de su cuerpo, que se difumina, que se torna en un elemento etéreo, sin forma, sin control.

Él y aquella pintura ahora son uno, en ella encontró la armonía que precisaba su alma, y consiguió contemplar al fin la belleza de su cuerpo, que ya no es carne, sino algo totalmente incierto.

Escrito el 09/03/2014.

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