LA FRUSTRACIÓN.

Observo desde el cuarto conyugal como la mujer que un día creí amar se va a pasear con unas amigas. La miro con frialdad mientras ella se despide lanzándome un beso, mostrando una falsa y nerviosa sonrisa desde el auto familiar.

En ese momento pienso en mi hijo, en su llamada pidiéndome más dinero, sin preguntar siquiera que tal me encontraba yo, o mencionar como estaba él, sin mayor comunicación que una petición, como si yo fuera un prestamista al que no se tiene porqué devolver lo otorgado, e intento razonar qué es lo que hice mal, ¿acaso no le enseñé el valor de la honestidad?, ¿no le inculqué el deber de tener que ser coherente con su palabra y con su hecho?, ¿no le mostré adecuadamente el camino y los frutos que da el ser responsable?.

Yo quería haberle educado para que pudiera ser libre, para que eligiese y pensase por si mismo, no para si mismo. Le llevé a museos y leí con él buena literatura con la esperanza de que lo llegase a apreciar, pero él prefería las revistas de mujeres desnudas e irse noche si, noche también, de fiesta. Ahora, por influencia materna, estudia económicas, y para conseguir buenas calificaciones se acuesta con su rectora, aunque él cree que yo no lo sé, al igual que su madre, él únicamente piensa que sé lo que le hizo a su supuesto amor, y le odio por ello, a pesar de haber nacido de mi no le considero mi hijo.

Entonces me viene a la mente mis años de juventud, la hoja en blanco y mi vieja pluma en mi mano, los paseos solitarios, las cenas con los amigos, y las tardes de cine en los cines Verdi o en los recién desaparecidos Renoir, recuerdo mis primeros besos, aquellos labios que me los concedieron, los cuales pertenecían a otra mujer, aquella que realmente me amaba y que yo estúpidamente rechacé, porque la belleza exterior de la que es todavía mi esposa, era a la vista de cualquier otro más deseada.

Lo tengo decidido desde hace días, voy a comenzar a hacer mi maleta, puesto que me defraudó la vida, puesto que me defraudé yo mismo, y porque detesto a mi hijo y a esa señora con la que me casé algún mal día, no queriendo saber nunca nada más de ellos.

De ella, porque descubrí su engaño, su falsedad. Fue casualmente, la tarde que le quería dar una sorpresa regalándole una Orquídea, aproveché que se había ido de compras con una de sus amigas, cuando a lo lejos la vi, entrando en un hotel con otro hombre, acariciándole y dándole besos en la boca y en el cuello, corroborándolo después con su amiga, la más fiel hasta entonces, que cohibida me dijo cuanto lo sentía.

Y de mi hijo, no por dejar preñada a su novia, no por intentar ocultármelo como lo intentó hacer con lo de su tutora, sino por obligarla a abortar sin ser el deseo de ella, amenazándola con abandonarla a su suerte, a ella, que inocentemente lo haría todo por él, pues su sentimiento si que es verdadero.

Por ello fracasé, lo reconozco, tan sólo espero estar a tiempo de empezar una nueva vida, la mía, aquella que perdí por un amor ficticio que ahora deseo olvidar, pues más dolor que el que me ha causado no cabe ya en mi pecho.

Escrito el 05/03/2014

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