NIKO.

Lleno de nervios y con tu rabo moviéndose al acercarme a la puerta, con tu cabeza en mi hombro al dormir sin miedo tan plácidamente, zarandeando tu correa en lucha con mi brazo al sacarte, dejando tu pato de goma en mi mano para que de nuevo te lo lance. Pidiéndome con tu pata que nunca deje de acariciarte, así me hubiera gustado Nikomedes verte siempre, y así te veré siempre en mi memoria, por lo menos hasta que a mi alma, cruelmente le alcance su muerte.

La tuya ya está cercana, un veterinario en su intento por sanarte nos dio la mala noticia, la de que aquello no llevaba un buen rumbo, y sedado te traen sin enterarte hacia mis caricias. Y es que con lágrimas y dolor en el pecho, espera mi regazo tu cuerpo anhelante, para poder verte otra vez vivo, antes de que dormido yazcas en tu cama eternamente.

En este año mi madre se salvó del infortunio, y tu ahora parece que te marchas, las alegrías y las tristezas van y vienen, y hoy la felicidad se aleja por la ventana.

Me pregunto por qué demonios os llamarán animales, a los que como tú sólo supisteis dar cariño, habiendo sido siempre al amo leales, y habiendo ayudado tanto a nuestros corazones perdidos.

En este momento en soledad me quedo abstraído, al coger tu collar entre mis temblorosas manos. Palpando tu ausencia que no tu olvido, pues en mi melancólica mente te recordaré siempre como a mi mejor amigo.

03/12/2013.

El perro que me enseñó lo que es ser feliz pidiendo muy poco
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