EL PACTO.

Llegué a casa tarde. Mis padres estaban acodados en la mesa de la cocina, sentados medio a oscuras, con la única luminosidad de la luz que desprendía la bombilla del extractor de humo. Esa sensación lúgubre estaba acrecentada por las lágrimas que se desprendían de los ojos de mis progenitores. Tenían las manos entrelazadas, amarradas con fuerza. Me senté enfrente y uní mi mano a las suyas. Fue entonces cuando mi madre me relató que le habían descubierto un tumor terminal, que le quedaba poco tiempo de vida.

Quedé perplejo, les miraba a uno y a otro sin saber qué decir, qué hacer. Yo soy un enfermo con Esquizofrenia, sin mi madre soy medio yo. Si encima mi padre, de por sí introvertido, se metiese en si mismo, yo no podría hacer nada. Estaba abocado al fracaso. Por otro lado, María era la razón de vivir de mi padre, su luz y guía, se vería ciego sin ella, y la vida sería más infernal que la propia muerte. Yo lo sabía, él lo sabía, los tres éramos conscientes. Entonces supe qué decir. He hicimos un pacto.

Al día siguiente fuimos a ver a mi abuela materna. Se encontraba en una residencia, en un pueblo cercano de la ciudad en la que vivíamos. Recuerdo música. Fuimos callados todo el trayecto siendo invadidos por melodías tipo pop. La abuela se alegró de vernos. La sacamos al jardín de flores aromáticas. Estuvimos hablando del abuelo, muerto años atrás, del pueblo dónde vivió su infancia mi madre, de lo difícil que se hacía sacar adelante una familia en aquellos años, y del tiempo, que estaba cambiando, pues acababa de entrar la estación de otoño. Fue una tarde agradable. Yo me encontraba plenamente agradecido.

Nos despedimos y fuimos hacia el vehículo familiar. Antes de entrar en él, nos abrazamos. Nos dimos besos llenos de ternura. Y medio llorando montamos en el coche. Esta vez no pusimos música, era mi madre la que cantaba canciones que recordaba de cuando era niña. Padre e hijo la escuchábamos en silencio. En un momento dado, a mitad del trayecto, el pie del acelerador empezó a imprimir fuerza. No recuerdo mucho más que aquel muro de hormigón aproximándose cada vez más rápido, la voz de mi madre cantando medio en susurros, y que antes del golpe final entrelazamos las manos aferrándonos con fuerza a lo que más amábamos.

Ahora nos encontramos en nuestro propio funeral, con nuestros etéreos cuerpos mirando como lloran familiares y amigos. No llueve. Luce un sol espléndido. Lo que hay en los ataúdes nos representa, pero no somos nosotros. Ahora somos los recuerdos en la mente de los nuestros.  Los tres seguimos asidos a lo que más queremos, y lo más importante es que estamos juntos.

En homenaje a mis padres.

Escrito en Octubre de 2012.

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Un comentario en “EL PACTO.

  1. Dani, estoy impresionada por tu facilidad a la hora de escribir y de expresarte. Enhorabuena por estos relatos tan cargados de sentimiento. ‘El pacto’ me ha impactado y me alegra que tan sólo haya sido una creación de tu mente porque tu madre se ha curado. Si hubiera sido verdad hubiéramos perdido a tres seres con un gran corazón; por eso, no hay que rendirse nunca y hacer frente a la vida. Vosotros sois un gran ejemplo de ello.

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