UN RINCÓN FAMILIAR

Delante de la puerta del trastero se encuentra un hombre que quizá no debería estar ahí. En su cuerpo y su rostro se percibe la tensión, permanece en un estado de parálisis involuntario, su mente no cesa de recibir imágenes que emergen de una profunda oscuridad, cual funesta procesión de los fantasmas que ya no se hallan en ninguna parte excepto allí, en su mente.

De repente, el brazo se mueve, la mano agarra el pomo y la puerta se abre lentamente produciendo un ruido como de queja y de lamento unidos. El hombre se adentra por un breve pasillo. A su izquierda se encuentra un espejo recubierto de polvo. Coge su manga agarrándola con los dedos y lo limpia desde el centro haciendo círculos cada vez más amplios llevándose así toda la suciedad, y pudiendo, ahora sí, ver su rostro, percatándose de cuánto ha envejecido.

Inhala una bocanada de aire y entra al cuarto contenido, casi sin querer, como un niño que pide disculpas por encontrarse allí. Aquel espacio de su infancia continúa estando igual a pesar del tiempo transcurrido, la única excepción es la capa espesa de suciedad polvorienta que se acumula encima de cada mueble, cada estantería u objeto que allí se halla. Aquellas cuatro paredes de poco más de diez metros cuadrados, con la pequeña ventana al fondo,  en la parte superior derecha, cuyos cristales, casi totalmente opacos, dejan pasar con cierta dificultad los haces de luz veraniegos de medio día, le producen una tremenda desazón, y al mismo tiempo le evocan el refugio infantil que antaño fue.

Cree oír de nuevo los gritos, los aspavientos incontrolados, la furia, los golpes… pasan por su mente los innumerables días en el que el mundo y la vida se escabullían, y al final el silencio.

Eso fue lo peor, que cesó todo. Que aquel hombre, en lo que fue un corte de tajo a su infancia, se quedó solo en su niñez…

No puede llorar, nunca supo el porqué. No pudo hacerlo antes, ni tampoco puede hacerlo ahora. Supuso que hay cosas que le traspasan de una forma tan salvaje a una persona que a ésta le es imposible ese tipo de reacción, se convenció de ello para sentirse de alguna forma humano. Lo que sí se apoderó de él fue el vacío, el deseado, aunque imposible, olvido.

A la derecha se encuentra su viejo escritorio, con el último libro que allí abrió, y encima de éste, la estantería, con aquellas novelas que fueron su cobijo del ruido, su salvación de la violencia, la cura momentánea del dolor…su breve, a la vez que inmenso, remanso de paz.

Decide salir de allí, lentamente, en silencio. No se gira para mirar de nuevo su rostro en el espejo.  Con cierta devoción cierra la puerta, es la primera vez que es consciente de que las voces de todo aquello no volverán.

Se queda quieto en frente de la puerta ya cerrada de nuevo. En la comisura de sus labios se vislumbra una leve sonrisa… Ahora sabe que puede avanzar.

Escrito el 24 de agosto de 2025

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