UN BUEN DÍA

Mirar la pared me relaja. Nada importa, ni el desconchón, ni la sangre deslizándose a través de mi mano, nada importa el dolor. Sí, esta pared blanca es perfecta. Recia, limpia, silenciosa. Mitiga en parte el odio que me provoca las imágenes que circulan por mi mente, el rencor que provocan las frases que pretendo no juzgar. Fluyen como historias de un conjunto sin sentido, como la composición de un río contaminado e incierto  que busca desesperado dónde desembocar.

Atrás quedó el amanecer y mi exjefe con su carta de despido. Atrás su rumiante boca moviéndose pidiendo comprensión, mientras expresaba lo contento que se sentía conmigo, mientras decía que en cuanto mejorasen un poco las cosas me llamará. En este instante me puedo observar un rato después al recoger mis cosas, al oír el sonido de aquella inoportuna llamada, al escuchar la voz familiar que me comunicaba que mi padre se hallaba grave y que acababa de ingresar de urgencia en el hospital.

Me traspasa la visión irreal de los raíles difuminándose bajo mis pies. En este momento la oscuridad que antes llegaba al finalizar cada parada se apodera por completo de mi alma. Me aturdo y me ahogo sin apenas poder reaccionar aunque ahora no me esté rodeando tanta gente, y de pronto, después de un suspiro, vuelvo a respirar.

A veces pienso que el tiempo me penaliza, y me llega a la memoria la llave insertándose en la cerradura, el tenue chirrido que emitió la puerta al abrirse, el reflejo de mi rostro en el espejo de la entrada, los pasos que di escalón tras escalón a la vez que se tornaban más intensos los jadeos. Ahí estabas tú, mi corazón roto, haciendo con el que era hasta ese momento mi mejor amigo lo que ya nunca te apetecía hacer conmigo.

Contemplo cómo bajo las escaleras, escucho cómo os apresuráis para huir de mi ira, pues ambos me conocéis y entendéis la situación. Recuerdo cómo os vais y creo que todas las partes comprendemos que es mejor para todos nosotros que no volváis.

Mi mano sangra, mis dedos palpitan, se ha formado un pequeño charco a mis pies. Nada importa el dolor. Mirar esta pared blanca me relaja.

Oigo el tono de otra llamada. La misma voz familiar al otro lado del auricular me explica que mi padre se ha conseguido recuperar, que se encuentra fuera de peligro, y me pregunta cuándo voy a acudir al hospital, que mi padre desea verme, que me esperan allí.

No sé, quizá sea un tanto estúpido, pero por la comisura de mis labios se esboza ahora lo que termina por convertirse en una amplia sonrisa.

Para emprender de nuevo un comienzo antes debe de producirse un fin.

Escrito el 18/06/2024